Obras de “rehabilitación” en el Puente de Cartuja por A. y J. García Lázaro


Un puente con historia.

“Entre las otras cosas que son convenientes e muy convenibles al serviçio de dios e vecinos de ella e de otros lugares que con ella confinan comarcanos es que se faga un puente en el vado que dizen de medina media legua de esta çibdad en el Rio de Guadalete termino de ella”.

“Esta ciudad” es Jerez y quien así se expresa es nuestro Ayuntamiento que, casi a la desesperada, solicita al emperador Carlos V autorización y ayuda para construir un puente. El Memorial en el que se exponen las causas que justifican dicha petición fue aprobado en el cabildo del 28 de abril de 1523 y, junto a motivos de carácter económico, comercial y de seguridad para las personas y animales que transitaban por el Vado de Medina, hacía especial hincapié en razones que hoy denominaríamos “estraté-gicas, militares o de interés para la defensa nacional”. Los corsarios berberiscos, la piratería mahometana y las incursiones del inglés en el litoral gaditano reclaman un día sí y otro también el auxilio de las tropas jerezanas que, cruzando peligrosamente el Vado de Medina, transitan por la Cañada de la Isla en busca del Puente Zuazo para acudir en socorro de las poblaciones costeras. Manuel Romero Bejarano, que conoce como nadie los pormenores de la historia del Puente de Cartuja, apunta que a finales de 1525 se pone en marcha el proceso de construcción, acopiándose materiales en el vado procedentes de la cantera de Martelillla que se abre para esta obra. No sin pocas vicisitudes (paralización de los trabajos, robo de piedra por los cartujos, falta de fondos…) parece ser que en 1541 el puente ya estaba en uso. Como dato curioso este mismo autor nos informa que llegó a prohibirse el paso de carretas por el deterioro que ocasionaban en su calzada y pretiles. La fábrica que hoy se conserva, con nueve arcos con rosca de ladrillo apoyados en pilares de cantería, vio ya las primeras reparaciones entre 1541 y 1575. Uno de los arcos se reparó también en el siglo XVIII.

Sirvan estos sucintos apuntes históricos para recordar que el conocido Puente de Cartuja es sin duda una de las obras civiles más emblemáticas de cuantas integran el patrimonio de nuestro entorno rural. Además, es también el más antiguo y notable puente de sillería de cuantos pueden encontrarse en la cuenca del Guadalete.

No es de extrañar por ello que, por sus valores arquitectónicos, históricos y culturales, se haya reclamado desde diferentes colectivos ciudadanos y académicos su declaración como BIC, como ya hemos recordado en Entornoajerez. En diferentes ocasiones, el Ateneo de Jerez, Ecologistas en Acción o el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, por citar sólo algunos han planteado la necesidad de proteger el puente y reclamar su inclusión en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz. El Partido Popular de Jerez promovió también, hace un par de años, la declaración del Puente de Cartuja como Bien de Interés Cultural, planteándose de nuevo esta petición, ya desde el Ayuntamiento al hacerse cargo este partido del gobierno municipal.

Una rehabilitación muy cuestionable.

Por estas razones sorprende mucho que, cuando se está tramitando el reconocimiento de esta figura de protección para una obra emblemática de nuestro patrimonio, se haya dado vía libre a unas obras que pueden poner en riesgo no sólo dicha declaración, sino también la propia fisonomía del puente y, lo que es peor, que pueden llegar a producir graves daños en la estructura de esta obra que, recordemos, está próxima a cumplir cinco siglos.

Y es que, desde mediados de agosto, han comenzado unas preocupantes obras que están alterando gravemente la imagen tradicional del puente. Un gran cartel lo anuncia a su entrada: “Rehabilitación de Puente en la C-440a, P.K. 4+000, “La Cartuja” (Cádiz)”. Según informa este panel, se trata de un proyecto cofinanciado con fondos FEDER por la Unión Europea con una inversión de 287.919,25 €. ¿Eran necesarias “estas” obras? Vayamos por partes…

En la década de los 50 del siglo pasado se eliminaron los pretiles de cantería del puente, visibles en la fotografía de 1918 que acompaña a este reportaje, siendo sustituidos por una discreta y sencilla barandilla de hierro que permitía así dotar de mayor anchura a la calzada por la que pasaba hasta hace dos décadas la carretera Jerez- Los Barrios. El deterioro de la barandilla, después de más de medio siglo prestando sus servicios, era evidente, por lo que su reparación –nadie lo cuestiona- era más que necesaria.

Trabajos de “rehabilitación”. Puente de la Cartuja (Septiembre 2012).

Sin embargo, la solución adoptada no ha podido ser, a nuestro juicio, más desafortunada y así, se han colocado sobre el tablero, unas antiestéticas y pesadas correas de hormigón armado sobre las que se está levantado una barandilla metálica de grandes proporciones que nos recuerda a la de la pasarela peatonal recientemente inaugurada en El Puerto de Santa María. Ni que decir tiene que la combinación de los nobles sillares de piedra de Martelilla con estos nuevos materiales no puede ser más disonante. A todo ello hay que añadir que el peso de estas correas (prodigio de sensibilidad estética y de respeto a una obra arquitectónica para la que se está solicitando su reconocimiento como BIC) al que hay que añadir el del material del futuro reasfaltado de la calzada, añade nuevos riesgos (¿calculados?) a una estructura que ya presenta deformaciones visibles en algunos arcos.

Pero aquí no acaba todo, ya que como el visitante que se acerque hasta el río podrá comprobar, bajo los arcos se han montado grandes andamios y se han acopiado cientos de sacos de cemento. Al parecer, y según se deduce de las pruebas de pintura y repellado que son visibles en la pared interior de uno de los arcos, junto a su tajamar, se ¿pretende? revocar con mortero coloreado el intradós de los arcos del puente y, tal vez el resto de la obra. Entre las pruebas realizadas pueden leerse los colores que se barajan para dar una manita al puente que “va a quedar como nuevo”. “Beige, “piedra”, “madera”, “hueso”, son la cuatro tonalidades elegidas… Nos tememos lo peor y de no actuarse a tiempo, dentro de unas semanas nos estaremos lamentando de un nuevo atentado al patrimonio arquitec-tónico, a la “memoria colectiva” y a la sensibilidad más elemental que en los países del primer mundo debe tenerse hacia los monumentos históricos (aunque tal vez sea eso, que esto se considere sólo un “montón de piedras viejas que hay que “sanear”). Se imaginan los techos o las paredes de la catedral enfoscados con mortero coloreado en “hueso”, o tal vez en “beige” o en “piedra”? Pues eso es lo que va a pasar con el puente si no lo remediamos.

Desconocemos hasta donde se quiere llegar con esta “rehabili-tación”, pues también se ha intervenido ya sobre varios tajamares a los que parece haberse aplicado chorros de arena a presión para “limpiar” la piedra. Recordamos que sobre los sillares hay marcas de cantero e inscripciones con valiosa información y que por tanto, este material debe ser tratado con sumo cuidado, ignorando por nuestra parte si se están aplicando todas las prevenciones necesarias para que no resulten dañados con la “limpieza”. Pero sobre todo, lo que no nos imaginamos es que, finalmente, a los sillares también se les recubra, como al intradós de los arcos, algún tipo de revocado…

El diccionario de la RAE recoge que “rehabilitar”, -que eso es lo que anuncia el cartel de las obras- consiste en “restituir algo a su antiguo estado”. No puede estar más claro.

Por esta razón, cuando vimos los paneles anunciando la obra de rehabilitación del Puente de Cartuja y conocedores de las peticiones del Ayuntamiento para que sea declarado Bien de Interés Cultural, pensamos que por fin había llegado la hora de retirar de sus arcos y pilares esas horribles estructuras metálicas, esos grandes tubos oxidados, esas cañerías, cables, postes, abrazaderas de hierro y demás aderezos con los que en los últimos cincuenta años (y no antes) se había ido deteriorando esta emblemática obra.

Nada de eso ha pasado como puede comprobarse a simple vista y, nos tememos que, de no actuarse “in extremis”, el Puente de Cartuja va a quedar, irremediablemente tocado para muchas décadas y “muy bonito”.

Cuando contemplamos estas obras de “rehabilitación”, sentimos lo que expresaba Manuel Romero Bejarano, hace unos años, al contemplar el abandono del puente: “… Sus arcos acabaron por convertirse en un trasto inservible a orillas del Guadalete. Como un enfermo terminal, lleno de tubos y hundido en la miseria… No me gusta volver a los pies del puente de Cartuja. Sin saber por qué, me siento culpable de sus heridas. Vergüenza. Indignación. Desprecio hacia las autoridades. Las viejas inscripciones me miran con su vista gastada por el paso del agua. Los pilares afilados y las enigmáticas marcas de cantero parecen increparme. Los enormes arcos de ladrillo se asombran ante tanta soledad. Tabla de salvación de miles de personas. Obra levantada con la sangre de un pueblo. Otra vez el más terrible de los olvidos. ¿Por qué seremos tan ingratos los jerezanos con nuestros monumentos? Pienso mientras observo a mis vecinos de mesa en la Venta de Cartuja devorar monstruosas tostadas con zurrapa de lomo”.

¿Cuenta esta obra con todos los informes favorables al intervenir sobre un notable elemento patrimonial, aunque para algunos “técnicos” sólo sea un viejo puente al que hay que echarle hierro, hormigón y pintura para adecentarlo un poco? ¿Puede aún hacerse algo por minimizar el alcance y el impacto de esta “rehabilitación”? ¿Hay alguien ahí?

Por A .y J. García Lázaro; Entorno a Jerez.

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